domingo, 15 de noviembre de 2015

LA MÚSICA CRIOLLA Y EL “FANTASMA” DEL HALLOWEEN

LA MÚSICA CRIOLLA Y EL “FANTASMA” DEL HALLOWEEN

Por: Hélard André Fuentes Pastor
En: Semanario Énfasis. Arequipa, noviembre de 2015.

Cuando era pequeño y no comprendía los comportamientos festivos de las tradiciones ni las interrelaciones que se generaban en torno a ello, era partícipe de una tradición universal que dieron en llamar “Halloween” y la cual, aparentemente, superponía su simbología sobre una celebración nacional que revaloraba un género musical y cuya voz se encumbra con las interpretaciones de Eva Ayllón.
Hace aproximadamente setenta años, el presidente Manuel Prado Ugarteche mediante una resolución suprema estableció que cada 31 de octubre se celebre el “Día de la canción criolla”. El promotor de esta iniciativa, José Manuel Carrera del Corral, quien presidía el Centro Musical “Carlos A. Saco”, pretendía homenajear a los compositores de la música popular, lo que devino con los años y la presencia de una tradición universal como es el Halloween, en una lucha por lograr notabilidad y precio.
Por el contrario, nosotros consideramos que el quiebre de esta tradición peruana no se debe únicamente a un cruce de fechas, sino a la falta de actualización en el repertorio musical, a los limitados recursos festivos, a la escasa promoción cultural en nuestro país y el ostentar una celebración propiamente limeña o de folklore capitalino como algo nacional cuando precisamente en las diferentes regiones del país tenemos otros géneros que llevan a reflexionar sobre un conflicto: ¿Y en éste 31, dónde están los valses loretanos, los temas huancavelicanos, los ritmos puneños, la música arequipeña, las melodías cuzqueñas, etcétera?
Celebrar el “Día de la música peruana” vendría a ser el evento reivindicativo del siglo XXI, donde reconozcamos nuestra diversidad cultural y otorguemos la posibilidad de alimentar esta tradición, logrando dinamismo, movimiento y continuidad, aspectos que requiere una tradición. Lamentablemente, aquella sectorización donde solo se toca el cajón y se canta la música criolla, vuelve al festejo en algo plano.
Tanto José Manuel Carrera y Manuel Prado dirigieron su mirada a Lima y proyectaron la actividad en todo el país. Por ello, el 31 de octubre de 1944, se izaron las banderas del Perú en los diferentes centros musicales capitalinos, se organizaron romerías en el Cementerio General para recordar a los precursores de dicho género musical y la población acudió a la plaza para ser testigo de un acontecimiento musical de gran euforia. Las ideas se reprodujeron rápidamente y, como se trata de lo nuestro, alcanzó a los colegios a nivel nacional, festejando con imitaciones, bailes, cantos o tocando sus instrumentos musicales.
Quizá, de modo inocente, el nombre de una tradición que pudo tener mayor arribo en las regiones y comenzó a establecerse en la mentalidad de los peruanos, terminó disgregando los géneros musicales, cosa que puede constituirse como su mayor riesgo (en la medida que no admite mayores comportamientos festivos) y como su mayor logro (nacionalizó un género musical en todo el país).
El “Halloween”, de expresión inglesa y que conduce a la “víspera de todos los santos”, fue una cuestión agregada. La universalidad le otorgó fuerza a esta tradición, además de sus raíces milenarias que nos llevan a los celtas en la festividad Samhain o a los romanos, generando un proceso y, en el transcurrir el tiempo, cambios y permanencias en el festejo que llegó a América en el siglo XVIII con los irlandeses. En los próximos dos siglos, éstas ideas irradian por todo el continente y confluyen con las creencias autóctonas y las de herencia colonial.
La tradición se enriquece por ejemplo: con la narración de historias misteriosas (en nuestro país es posible por el misticismo que envolvía a los pueblos prehispánicos y cuyas historias atesoramos en los cuentos del ande); con la elaboración de trajes (cuyo contenido artístico nos remite a la celebración de carnaval donde se organizaban concursos de disfraces); con los bailes tradicionales, los juegos o el “dulce o truco” y las calabazas en el recorrido por las calles. Resulta impresionante como varias aristas se encuentran en un mismo punto, consiguiendo que Halloween sea una fiesta con aura propia.
En Perú existen numerosas costumbres y tradiciones de raíz europea que en su momento fueron muy cuestionadas, fundamentalmente, el carnaval. Bajo éste enfoque no tendríamos por qué vilipendiar, apocar, acusar de alienada a una tradición que tiene arraigo en América Latina y que, independientemente del marketing exagerado y la comercialización desenfrenada propias de cualquier celebración, proyecta un perfil particular, y es que en ningún otro lugar del mundo, alguien saldría disfrazado de Avencia Meza o de “Zambo” Cavero.
Otro aspecto importante para comprender las manifestaciones de ambas celebraciones es lo generacional. Naturalmente, Halloween es una fecha de celebración infantil y juvenil que implica un recorrido y, el Día de la música criolla, festejado principalmente por algunos jóvenes y adultos, tiende a ser más estático, sugiere un escenario, bien puede ser una plaza, un parque, un local o, incluso, íntimo y familiar como resulta el hogar.